8 de octubre de 2018

Llueve.

Lluvia una vez más, y ya van 15 años con lo mismo. La gente empieza a perder la esperanza, algunos han olvidado el rostro del Sol, la sensación de que les acaricie con sus rayos, o simplemente el funcionamiento de una sombrilla. ¿Es eso un paraguas gigante? Los hay que resignados por las condiciones climatológicas sumergen su tristeza en los charcos, difuminando sus lagrimas con las gotas de lluvia. En mi caso, opto por la apatía. Observo desde mi ventana la lluvia como si contara cada gota que aterriza en el suelo. He perdido las ganas de tener ganas. Quizá lo que me haga falta sea una especie de cargador que reactive mis neuronas, sentimientos, deseos... Mientras tanto espero, sigo contando las gotas. Me voy de aquí.

Salgo a la calle y... ¡Sorpresa! Todo es igual de gris aquí abajo. Será mejor que me relaje, no me conviene dejarme llevar tan fácilmente por la negatividad del ambiente. Empiezo a caminar, las calles a penas han cambiado desde la última vez que las pisé. Es curioso como sin aparentemente cambiar nada puede parecernos todo tan distinto. Mi mente es invadida por recuerdos mudos de cada lugar que observo. Tengo una sensación extraña. Por un lado, cada recuerdo me da la suficiente fuerza como para querer dar un  paso más en busca de nuevos viejos recuerdos, me hace sentir bien recordar como eran las cosas antes, era feliz. Por otro lado, son puñales de impotencia que se clavan más y más hondo. Efectivamente, ya nada es como antes. Será mejor volver a casa. Cada vez llueve más fuerte.

Amanece al día siguiente...

Vaya, parece que ya apenas llueve, incluso pudo intuir como asoman un par de rayos del Sol por el horizonte. Sin embargo, las cosas siguen igual, grises, húmedas, frías... Pero el Sol me invita a salir de nuevo. Sería ridículo negar que el ambiente es el mismo, por primera vez en mucho tiempo respiro aire nuevo... Menudo alivio. 

Cierro los ojos, respiro, pienso...




Por muy grises y estancas que vea las cosas no debería dejarme llevar por la lluvia. Aveces puede que solo sea cosa de mi impotencia el hecho de que al mínimo obstáculo se me nuble la vista. Puede que sea el momento de dejar de seguir haciendo grande la montaña de problemas y empezar a construir para solucionar, renovar, limpiar, o simplemente no alimentar la frustración y sí la creatividad y las ganas de avanzar día a día, paso a paso.

Cada amanecer, una nueva oportunidad.