Liberé cientos de miles de batallas en la más recóndita de las arenas, mi mente.
Nunca bastó con el empeño, caí derrotado una y otra vez.
El más mínimo aire de grandeza me invitaba a querer pelear de nuevo, pero las heridas cada vez eran más profundas.
Cicatriz a cicatriz, construí el mapa de mis fracasos adornados con sangre, sudor y alguna lágrima.
Alejado de sentir orgullo me resigné, el rival era mejor que yo, nada que hacer.
Resulté ser yo mismo. El mejor de mis aliados, el peor de mis enemigos.
Entonces, ¿realmente fracasé intentando triunfar? ¿Triunfé a base de conseguir fracasar?
¿Qué estaba haciendo?
Ese es el problema, no saberlo.
Se acabaron las contiendas, no quiero que haya nada en mi mente por lo que pelear.
El enemigo dispuesto a enturbiar cada proceso vital en el que me sumerja se retira.
Doy la mano al aliado que me acompañará en cada paso con el único objetivo de que mi marcha no termine.
Yo mismo.
