Seguimos el cauce en compañía, como si fuéramos un todo homogéneo.
La pendiente marca la dirección y la velocidad de nuestra corriente.
Sin embargo, en las caídas es distinto. Salpicamos. Nos aislamos.
Entonces terminamos de caer y volvemos con el resto como si nada.
Como si fuéramos la misma gota, en el mismo cauce.
Pero arrastramos sustancias diferentes.
Sedimento de nuevos caminos.
